diumenge, 26 de maig del 2013

 

 

 
 

La librería Escarabajal de Cartagena echa el cierre tras 126 años de historia

La crisis económica, los libros electrónicos y los cambios en la sociedad, son los principales motivos del cierre del emblemático establecimiento

Cultura | 17/05/2013 - 19:16h
rtagena. (EFE).- La lectura compartida de Las mil y una noches pondrá el punto y final a los 126 años de historia de la librería Escarabajal de Cartagena, la segunda librería más antigua de España, que cerrará sus puertas de manera definitiva este 18 de mayo coincidiendo con la celebración de la Noche de los Museos.

El cierre estaba previsto para el 30 de abril, tras los actos del Día del Libro, pero la propietaria de este negocio familiar fundado en 1888, Ana Escarabajal, decidió ampliar el margen para dar venta al numeroso stock de la tienda con importantes descuentos, que estarán vigentes hasta la madrugada del sábado, cuando la empresa, en concurso de acreedores, eche el cierre de manera definitiva.

La elección de Las mil y una noches, ha explicado la propietaria en declaraciones a Efe, responde a una anécdota de su infancia, cuando leyó por primera vez una edición de Blasco Ibáñez de esa obra que marcó su "vida de lectora" y que muchos años después cayó en sus manos y supo que su lectura estaba prohibida por el franquismo.

"Mi vida ha estado marcada por los cuentos y por los libros en general, y me gusta la idea de que esta etapa como librera se termine leyendo", ha subrayado, aunque, eso sí, "sin tintes de dolor ni de tristeza, como una noche más, dentro de la normalidad".
El cierre de la librería nos ha sobrevenido por diversas circunstancias, entre ellas la crisis económica, y también por la aparición de los libros electrónicos y los cambios en la sociedad. Los negocios tienen que renovarse, y actualmente no podemos acometer esa renovación", ha señalado.

Esta librería de calle Mayor de Cartagena fue fundada por su abuelo, Horacio Escarabajal, en 1888, y en España solo se mantiene abierta otra de más antigüedad, la de los hijos de Santiago Rodríguez, fundada en Burgos en 1850.

A lo largo de esos 126 años, Escarabajal "ha sido una librería puntera" que no solo se ha dedicado a la venta, sino que ha organizado numerosas actividades culturales y literarias, entre ellas, centenares de presentaciones de libros de Arturo Pérez Reverte, María Dueñas, Julia Navarro, Javier Sierra o Jorge Molist, entre otros muchos.

Por ello, a pesar de las circunstancias, Ana Escarabajal mira esa trayectoria "con agradecimiento" y se queda con "lo bueno que la librería ha aportado a la ciudad, la difusión cultural, el acercamiento de los autores y editores".

De cara al futuro, asegura que no tiene "ni idea" de lo que le deparará, ya que los libros, junto con su familia, han sido siempre los "pilares" de su vida, y todo lo demás, asegura, son "casi anécdotas".

El cierre de Escarabajal irá también acompañado de música y baile, ya que una bailarina de danza oriental ofrecerá tres espectáculos con velo, tambor y bastón intercalados con la lectura de "Las mil y una noches".

Después, "se cerrará un periodo muy importante por el que solo puedo dar las gracias a mis antecesores, y que ha sido el que ha marcado y conformado toda mi vida", ha señalado la librera.








EMRE ALTINOK. Unutam Benihttp://youtu.be/wvSWfs866FU



Una música para compartir...






dilluns, 20 de maig del 2013

PRESENTACIONS DE LITERATURA

Ací us deixe algunes de les vostres presentacions: Piqueu ací per veure POWER de Julia González i Gemma Lezcano

dijous, 16 de maig del 2013

NUNO JÚDICE




Nuno Júdice: el amor por dentro del poema



Semiología

Digo: el amor. Hay palabras que parecen sólidas,
al contrario de otras que se deshacen entre los dedos.
Soledad. O también: miedo. Las palabras, podemos
escogerlas, meterlas dentro del poema como
si fuese una caja. Pero no esconderlas. Ellas
quedan en el aire, invisibles, como si no necesitasen
de los sonidos con los que las decimos.

Ahora, el efecto de las palabras. Su rotación
en la cabeza, y por las arterias, hasta el centro:
el corazón. Otra palabra con que se dice: el
amor. Pero no hablo de sinónimos; además,
hay palabras que esconden lo contrario de lo que
quieren decir, y solo las conoce quien ama, si
la vida no lo llevó por caminos confusos.

Te amo. También podría decir: la soledad
con que te amo, o el miedo a amarte. A partir
de una palabra todo se puede hacer, en una página,
cuando lo que está en ella es un poema. Mientras,
esas palabras me conducen a ti, esto es,
te hacen vivir por dentro de ellas. Por eso
todo se confunde: el amor, la soledad, el miedo,

y hasta la vida, que también es una palabra.

Verbo

Pongo palabras encima de la mesa, y dejo
que se sirvan de ellas, que las partan en rebanadas, sílaba
a sílaba, para llevarlas a la boca –donde las palabras se
dan vuelta para juntarse, para caer en la mesa.

Así, conversamos unos con los otros. Cambiamos
palabras; y robamos otras palabras, cuando no
las tenemos; y damos palabras, cuando sabemos que están
de más. En todas las pláticas sobran las palabras.

Pero hay las palabras que quedan sobre la mesa, cuando
nos vamos en buena hora. Quedan frías, con la noche;
si una ventana se abre, el viento las sopla hacia el suelo.
Al día siguiente, la sirvienta habrá de barrerlas para la basura:

Por eso, cuando me voy en buena hora, verifico si quedaron
palabras sobre la mesa; y las meto en el bolsillo, sin que
nadie lo repare. Después, las guardo en la gaveta del poema.
Algún día, estas palabras han de servir para una cosa.

(Versión de Marco Antonio Campos)
 


[Poemas de Nuno Júdice, de su libro Tú, a quien llamo amor (Antología). Selección y coordinación: Manuela Judice. Presentación de Inês Pedrosa. Traducción de Jesús Munárriz. Edición bilingüe. Madrid, Hiperión, 2008.]

Nuno Júdice, Premio Reina Sofía de Poesía 2013

El portugués Nuno Júdice gana el Premio Reina Sofía de Poesía

El galardón se concede desde 1992 al conjunto de la obra poética de un autor vivo destacado del mundo iberoamericano


El escritor Nuno Judice. / Daniel Mordzinski

El poeta portugués Nuno Júdice (Mexilhoeira Grande, El Algarve, 1949) ha ganado hoy el XXII Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El galardón, instituido en 1992 y dotado con 42.100 euros, se concede al conjunto de la obra poética de un autor vivo del ámbito iberoamericano. Júdice es el segundo escritor portugués y el tercero de su lengua en ingresar en ese palmarés.
Nuno Júdice, que enseña literatura comparada en la Universidad de Lisboa y dirigió la Casa de Poesía de Fernando Pessoa, es poeta el más influyente de Portugal y uno de los más prolíficos de Europa. Desde que en 2000 reunió su poesía completa hasta entonces -una veintena de títulos desde que debutara en 1972 con Noción de poema-, ha publicado nueve libros de versos más. De hace tan solo unos meses es Fórmulas de uma luz inexplicável. Recientes son también la novela La implosión y el ensayo El ABC de la crítica, en el que expone su particular visión del canon literario como algo "abierto, dinámico, sometido a la influencia de la coyuntura social y económica". Así lo explica el poeta, traductor y profesor de la Universidad de Évora Antonio Sáez Delgado, que destaca la doble importancia de un premio como el concedido hoy. Por un lado, reconoce por tercera vez a la literatura en portugués 10 años después de que el Reina Sofía recayera en la portuense Sophia de Mello Breyner (el brasileño João Cabral de Melo Neto lo había obtenido en 1994). Por otro, lo hace subrayando en todo el ámbito iberoamericano la obra de "la voz más importante" de la lírica portuguesa actual. Lira de líquen (1985), Las reglas de la perspectiva (1990), y Meditación sobre ruinas (1995) son algunos de sus títulos más celebrados.

Los vencedores del premio Reina Sofía de Poesía

1992 Gonzalo Rojas (Chile)
1993 Claudio Rodríguez (España)
1994 João Cabral de Melo Neto (Brasil)
1995 José Hierro (España)
1996 Ángel González (España)
1997 Álvaro Mutis (Colombia)
1998 José Ángel Valente (España)
1999 Mario Benedetti (Uruguay)
2000 Pere Gimferrer (España)
2001 Nicanor Parra (Chile)
2002 José Antonio Muñoz Rojas (España)
2003 Sophia de Mello Breyner (Portugal)
2004 José Manuel Caballero Bonald (España)
2005 Juan Gelman (Argentina)
2006 Antonio Gamoneda (España)
2007 Blanca Varela (Perú)
2008 Pablo García Baena (España)
2009 José Emilio Pacheco (México)
2010 Francisco Brines (España)
2011 Fina García Marruz (Cuba)
2012 Ernesto Cardenal (Nicaragua)
2013 Nuno Júdice (Portugal)

dilluns, 29 d’abril del 2013

Tema 16, MIRA

Per tal de revisar el tema 16 us remet a aquest apunt de l'any passat i al bloc Cruïlla.
En l'apartat arxius 2n Batxillerat de l'espai DOCUMENTS teniu més informació del tema.

dijous, 25 d’abril del 2013

VIATGE DE NADAL



Apunt reproduït del bloc d'Enric Iborra La serp blanca. 

Consulteu també aquest altre apunt del mateix bloc sobre Valor i aquest altre sobre el relat.
Gràcies al professor E.Iborra pel seu treball.

A primeries de segle, a la Vila Joiosa, serena i marinera, hi havia una petita, saborosa i familiar indústria que guaitava cap a terra, cap a les amples i intricades muntanyes alcoianes. Sí; en aquell temps no gaire llunyà existia allà una modesta casta de xocolaters, més riquets o més modestos, al capdavall tots pobres, que no podien parar un sol dia de treballar. I entre ells creixia una classe aventurera a l'estil pairal: la dels qui agafaven el carro entendat i travessaven els alts ports de la serralada per anar a vendre la negra i aromàtica mercaderia en les cases i mercats d'Alcoi i de la seua rodalia muntanyesa.
El camí més transitat per aquelles expedicions mercantils i bohèmies era el port de Sella o dels Todons, aquell grandiós esvoranc enlairat sobre un ample laberint de moles abruptes, tossals i pics que s'esvaeixen a poc a poc fins afonar-se en la llunyana mar. Pujant de la Vila a Alcoi, a mà dreta del llarguíssim port s'estén la descarnada crestallera de l'Aitana, i a l'esquerra els contraforts de la fosca i garrigosa serra de Penàguila. Llavors aquest camí carreter —avui enrevessada carretera d'asfalt— serpejava primer entre bancals i escaleroles d'oliveres i garrofers, entre lloms i pujols suaus pròxims a la mar, i per fi s'enfilava muntanyes amunt salvant turons, vorejant precipicis, engolfant-se per vidrienques rieres, amunt i avall com un tobogan de gegants i trobant-se amb el prodigi —als ulls dels vilatans— d'un canvi sobtat de clima en un trajecte de deu hores de pujada: de la tebior marinera al buf gèlid de les altures.
***
Per allà, en els volts de mil nou-cents, tal com ho conten els vells de la vila, muntaven un matí solejat del vint-i-quatre de desembre dos carros atapeïts d'oloroses "unces" de xocolat. EI sotragueig calmós que feien en les primeres, rialleres revoltes del camí, es barrejava amb les paraules soltes dels dos mercaders, i tot plegat s'ho enduia un ventijol fi i fresc que remorejava mansoi i joganer per dins la brosta del plantat.
El sol hivernenc no calfava gaire, però sí que enllumenava gloriosament la terra grisa i la pregona mar. Quan els mercaders s'hi giraven, potser d'esma, aquesta relluïa cada volta més allunyada, com una franja immensa de lapislàtzuli, com una promesa refusada d'atzars que se'ls perdia entre l'angoixa de les llomes ressequides i pelades, mentre que els feixucs vehicles seguien, amunt amunt, un darrere l'altre, arcàdics i polsosos, omplint l'aire, a cada recolp, a cada clotxa del vell camí, a cada sotragada, d'una mescla de flaires calentes de fàbrica i estable.
Un dels venedors, el Jordi, que anava al darrere, era home vell i esprimatxat, vigorós encara per a fer tan llargues caminades, nevat de polsos i de mirada dolça; l'altre era un jovençol alt, cepat i bru, feréstec i d'aire satisfet de no se sap quines misterioses superioritats.
Eren companys d'ocasió —com tantes vegades s'esdevenia en els camins—, perquè s'havien trobat a l'eixida de la Vila; però es coneixien prou, puix que eren tots del mateix poble. Jordi sabia de Jesús que s'havia criat a la dula i sense pare i era una mica díscol... Tanmateix, sempre era bo —es deia— tenir una companyia jove per a transitar per dins les muntanyes.
De primer, caminaven silenciosos, cadascun vora el seu carro, mula del morro a vegades i atabalats per la música monòtona i ensopidora dels cascavells. Eren tots dos, altrament, gent rústega i de pocs sabers: si no parlaven del cacau, del sucre, de les mescles, del preu del xocolat a Alcoi, els seus temes de conversa s'esgotaven aviat. Demés, no podien emprendre el tema saborós de les fadrines, perquè Jordi era massa vell i no li parava bé.

Sí: caminaven en silenci. Així i tot, no guaitaven aquell pic gegantí, àrid i misteriós com una muntanya bíblica, que se'ls acostava per mà dreta —el Puigcampana—; no veien aquells fondals que s'obrien als seus peus en els revolts impressionants de la pujada: petits jardins de les Hespèrides on relluïa el groc sorprenent de les llimes; ni el falcó reial que planava en la calma del matí sobre les rambles pedregoses i desertes. No, no; aquella natura plena d'alegria i de belleses humils i grandioses, no era per als seus esperits simples d'artesans xocolaters i carreters incultes; era només per als seus cossos rudes, que en formaven part com els ocells, les plantes...
Per fi, Jesús vingué vora el vell a encendre el cigarret, i mogueren la conversa. Parlaren concretament de les matèries primeres, de la grandària de les dolces "unces", de si arribarien o no a temps de vendre tota la mercaderia "allà amunt" durant les festes nadalenques.
Però, després d'un nou silenci que degué abastar més d'un quilòmetre de ruta, Jesús es va esplaiar. I es sorprengué el vell de les paraules del jove. Jesús tenia ambicions, projectes: era un futur home d'empresa, tal vegada, aquell rústic xicot. Allò que ell, Jordi, no havia estat mai ni ho havia somiat tan sols.
-Sí, jo ara m'esllomaré... uns anys; però no vull estar-me tota la vida així com vostè, pels camins, fins a la vellesa. Jo tindré més d'una mula, més d'un carro, i tal volta carreters que no han tingut el pit ample i que treballaran per a mi -li confessà.
EI vell pensà en la seua pròpia vida, en la seua pròpia sort. Potser tenia raó Jesús; ell, Jordi, no havia barrinat mai de debò com aquell xicotàs. Per fi, digué en veu alta, com en una malenconiosa reflexió:
—I aquesta nit, Nit de Nadal!
I ho féu alhora contrariat i alhora amb un goig prudent, sense esclat, i els ulls se li entelaven d'un tendre enyorament... Ell no s'havia casat, i treballava amb un germà i la família en un obrador d'eines antigues i elementals. La seua vida era trista a hores d'ara, perquè anava trobant-se cada vegada més sol, tots els altres amb vides pròpies i plenes. Duia també la part més penosa del negoci familiar: el carro entendat i els camins. Quins goigs casolans, quines melangies endolcides pels anys li venien de record?
Jesús no li havia tornat mot de moment, però d'allí a poc li va dir:
—I què, que siga Nit de Nadal?
—Farem nit a Sella —va explicar Jordi—. Jo havia d'haver eixit ahir, però es féu malalt el meu germà, cosa de no res, i tot s'ha fet en retard i a correguda... I aquesta nit, ni els desgraciats com nosaltres havien d'anar pel món!
El jove va contradir amb vehemència:
—Jo he eixit a bona hora; em sobra temps per a arribar a Alcoi el dia de Nadal, i m'estimaria més fer nit a Alcoleja. Vull saltar el port dels Todons abans de la mitjanit. Cal fer camí, que és la nostra feina!
—No està bé això —objectà el vell somrient-li—, perquè tu ets Jesús, i tu has nascut aquesta nit!
Jesús va amollar una rialleta.
—Jo he eixit a guanyar-me la vida, a prosperar, ja li ho he dit! No és cosa de badar per hostals i hostalets!
Jordi desaprovava aquelles paraules. Ell pensava de fer nit a Sella, com havia dit, encara que hi arribassen a mitjan vesprada. Feia fred... Allà a l'hostal —ja s'ho imaginava—, hi hauria una rica foguera, xiquets que cantarien alegres cançons amh molta o poca traça, gent vermella de les flames, catalana de vi negre en mà, que parlarien animadament: tot plegat, rebombori dolç i casolà que li llevaria el cansament de l'ànima i el cos.
Les mules tiraven a gat per la costa d'Orxeta.
No passà gaire temps, i, de sobte, la gran pinzellada blava de la mar s'esfumà entre els lloms interminables que anaven quedant-se lentament al darrere. Llavors, tots dos carros atartanats, en un recolze del camí, es ficaren de debò dins el muntanyam espès, i el poble se'ls anà atansant a l'hora de migjorn.
Dins el poblet pegaren una queixalada a base de cansalada entrevirada i pa moreno, tou i ullat com un padou; donaren un grapat de recapte a les bèsties i seguiren fent via amunt. Prompte Orxeta es va anar quedant arrere, arredossada i solitària vora el seu gran tossal mòrbid i aspre.
La marxa els duia ja cap a la cruïlla de carretereues de Relleu i Sella. L'Aitana se'ls atansava a poc a poc; fulgurava la seua carena de la blancor de la neu caiguda per la Puríssima; el camí es giragonsava entre pujols i comes cada volta en recolzes més tancats, i llavors aparegueren bosquets i més bosquets de pins i pinatells a les parts obagues, i la terra, un poc abans sedejant i àrida, es tapava ací d'aromàtiques labiades, de terreres i amargoses coscolles, de negres alzines revellides. El vent de garbí, suau adés, anava creixent de to; algun pi donzell alçava solemnement la seua testa pomposa damunt les carenes margoses d'un tossal, i el seu paraigua verd fosc semblava arreplegar curosament el vent entre les seues branques poderoses.
—Jo faré nit a Sella, si Déu vol! —deia de tant en tant el vell Jordi, tossudament.
—Allà veurem!... —comentava emfàtic el jove.
En la llarga carretereua tingueren temps a tot: a estones, a calcigar el descarnat i blanquinós paviment; a estones, a pujar cadascun en el seu rústec vehicle. No gaire lluny d'Orxeta encara, trobaren algun carro de llaurança o algun ase llenyater mig amagat davall una increïble càrrega de xara; després, només silenci i solitud.
Era foscant quan arribaren a Sella.
Allà, ja en la mateixa falda de l'Aitana, des de la remota carena, els baixava una alenada glacial. A l'entrada del poble, vora la font, omplint un cànter de dues anses, corbat opulentament com uns malucs de dona jove, hi havia una fadrina, sana, esvelta i forta com una Raquel de la muntanya.
—Eh!...
Jesús li va dir una amoreta dubtosa; Jordi la va mirar silenciós, tal vegada pensant que ell, d'haver-se casat, bé podria tenir ara una filla així, d'una bellesa tan ferma i acabada.
L'emprengueren pel poble, i aviat feren cap a l'hostal, on Jordi, efectivament, va trobar-se aquella gatzara que somiava i que es sabia de memòria. El foc, en l'ampla llar, resplendia i esclafia en efímeres plugetes d'espurnes; els xicons entraven i eixien alegres i cantaires; gent coneguda el saludaven breument amb aqueixa cortesia brusca dels homes dels camins.
Jordi i Jesús, en aquell ambient càlid i remorós, tan acollidor enmig de la nit freda, soparen ben sopats; però, tanmateix, el jove es va entestar a prosseguir el viatge.
—Bé —va accedir Jordi—; ja que ho vols així, t'aidaré a enganxar la mula.
Entraren a l'estable, on poc abans havien deixat els animals, agafaren la mula del ramal i van eixir al pati. Calents del foc, el fred els hi va flagel·lar sense pietat. S'havia mogut un ventet frígid que ja no venia de garbí; ara baixava de la muntanya nevada. La mula, duta del cabestre pel seu amo des de la tebior de la quadra, tremolava com ells i movia la pell en fortes esgarrifances. Jordi va alçar la vista al cel; la nit de lluna s'enfosquia gradualment; un vel blanquinós i a borrallons començava a enllosar la volta estrelada; més avall, corrien rabents uns esqueixos de boira que pujaven del nord-est com llençols immensos i esfilagarsats que saltaven fantasmals les altes carenes.
—S'ha girat el temps! —es va preocupar el vell Jordi.
—Què! No farà res! —feia la contra el jove, tot ple de primerenca suficiència.— Això és l'Aitana, que qualla el ros de la nit!
Jordi bellugava el cap amb disgut, i mentrestant li aidava a enganxar el carro.
—Jo, de tu, no eixiria! —li continuava dient—. Pot nevar, és fàcil, i llavors un home sol en la muntanya no és ningú... Jo en vaig trobar un ert... fa anys. No vull ni recordar-me'n!
Jesús no s'hi va immutar gens.
—Ja ens veurem per Alcoi, vellet!
Jordi li va obrir la portalada; el carro entendat botà sonorament el llindar petri de la porta, i uns minuts després se'l va engolir la fosca soliua del camí del port.
El fred no deslluïa gens ni mica la Nit de Nadal, que es presentava com calia que es presentàs; del pati estant, Jordi, ja tot sol, continuava sentint la tabola dels minyons pels carrers enfredorits. Se'n va entrar de nou a la gran cuina, es va aposentar en un racó ben calent i es posà a guaitar l'alegria interminable del jovent i de la mainada amb el seu esguard de patriarca sense fills. A la cambra del costat, hi havia la resplendor del betlem i s'hi oïa el so rugós de les simbombes.
 ***
Jesús, mentrestant, avançava coll amunt en la nit de mitja lluna, a peu vora el carro com tot carreter que es vanta de ser-ho de veritat; el fred pujava per moments de cara a l'alta nit i guanyant en altitud i allunyament de la càlida Marina; el carro saltava, amb la seua marxa persistent de caragol, una i una altra carena divisòria, i el record de l'acollidora Sella restava tancat amb pany i clau rere el misteri de les muntanyes. Ara, el bosc i el sotabosc s'havien espesseït, i els pins i la garriga baixaven amb la seua foscor vora mateix de les cunetes, mentre que el vent semblava créixer en les fulles dels pins, aspres i tallants com tisores i infinites com les arenes de la mar.
Amunt, amunt! A vegades planejava el camí en petites i amagades foies, on el vent brumia en xops invisibles de branques descarnades. Però tot seguit, amunt, amunt. Continuaven les ratxes dures i crues d'un vent que udolava com un llop dins el pinar; el cel s'havia tapat d'un cel espès i translúcid que deixava a males penes filtrar-se una claror llunar on es desdibuixaven ombres i turons. Les carenes de l'Aitana, abans tan fulgurants de blancor sota la lluna, van desaparèixer a poc a poc entre boires i nuvolades.
Jesús, que ho mirava de tant en tant des dels revolts propicis del camí, feia sempre el cor fort.
—Va! M'aporegue de no res! És una Nit de Nadal com una altra! I com ha de ser una Nit de Nadal en aquestes serres?
Però el vent el fiblava, el traspassava, i la seua remor en el bosc cobrava brams i udols de borrasca. La nit s'enfosquia a poc a poc; tanmateix, com que Jesús tenia ulls joves i penetrants, gradualment s'acostumava a la fosca creixent i seguia veient la carretereua com una claror confusa que s'esmunyia davall dels seus peus. La llum del ciri del fanalet semblava destacar més en la negror i enllumenava tètricament les roges anques de la mula.
A Jesús, el vent, quan li venia de cara, li impedia caminar a bon pas costa amunt; mantenia la mula en el bon camí a força de braó, tot i agafant-la de la ramalera vora la boca humida i pantaixant, i la mà se li humitejava primer i se li gelava després; el vent, a ratxes, temptava de traure el carro de les carrilades, i, vora seu, els precipicis obrien la seua bocassa invisible al costat mateix de les cunetes... I l'ànima de Jesús, tan dura i inconscient moltes vegades, s'anava tanmateix encollint, talment com els seus braços, la seua esquena i les seues cames sota els regolfs crus de la provençada. Ell duia la manta basta, rasposa, resguardant-li cap i muscles i lligada davall la barba, però el fred li quallava l'alè en lleus filaments de gel davant la boca.
Mal era avançar i mal fóra aturar-se; les ferradures i els peus lliscaven penosament en els tolls gelats; si paraven, el fred els atuïa. Calia, doncs, seguir avant, pujar el llarguíssim port, aquella nit més llarga que mai, i ja descansarien el seu cos i el seu esperit en la gojosa davallada. Una volta dalt, rai! D'allí en avant, ja tot seria baixar i baixar fins a Alcoleja —un nom que prenia en les seues oïdes càlides ressonàncies de terra de promissió—. A la matinada tocaria a la porta de l'hostal, i, dins —ja ho veia!— encara trobaria el caliu en la foraca; llavors es calfaria les mans abans de desenganxar la mula, i en acabant li llevaria els aparells suats i glaçats, en el pati, on no batia el vent, i passarien a l'estable, d'atmosfera carregada i calda; en el pessebre posaria recapte de bones garrofes, de bona palla d'ordi... I ell, al llit!... Ja li semblava palpar la girada neta, les flassades toves.
Per aquest pensament, sentí brollar-li dins el cor un goig fort i jovenívol. També va tenir una altra alegria: adonar-se del silenci de la muntanya; sobtadament l'havia envoltat el silenci, llevat de la remor sorda de les rodes i el tènue dring dels cascavells.
Amb la mà dreta es va apartar la roba de l'orella, i escoltà: l'huracà sí que s'aturava; els seus brams perdien violència i es sentien cada vegada més lluny; els pins fantasmals ja no gesticulaven amenaçadors quan el fanalet els llambregava feblement. Sí, ara callava per complet! Ara es sentia com una fressa dolcíssima que baixava dels alts, com si hi cantassen suaument un esbart d'àngels i serafins.
Era, però, un silenci estrany i sinistre.
Jesús caminava i caminava. De sobte va dur-se la mà a la mig tapada galta, on notava que se li apegaven uns mosquits frígids que duia el ventet quasi impalpable i que el picaven com a petites brases, el cremaven amb un fred diminut i intens.
—Què és açò? —va dir-se en veu alta, furiós.
Però ell massa i tot ho sabia. Començava a nevar, nevava! I es trobava ja en la gran altitud, puix no devia ser gaire lluny la coronació del port, i ara ja no era cosa de tornar-se'n arrere.
Es va esborronar de cap a peus.
—Arri, arri! —cridà.
Amb el mànec de la tralla, va pegar despiadadament en les anques enfredorides de la mula; l'animal, llavors, féu una curta correguda costa amunt, i ell a la seua vora. Però el pantaix prompte els va vèncer, tots dos.
-Para!
Entrà dins el carro i en va traure la manta mulera, amb què tapà l'esquena i les anques de la bèstia. Les purnes de la neu es feien més espesses; aviat entapissaren el camí, i ell ho conegué per la remor de les rodes, que es feia més somorta, i per la de les seues passes, que es transformava en un cruiximent surenc.
La marxa, abans penosa per la costa, es tornava un treball esgotador: amo i mula estaven espeats de les hores de pujada, els assotava la neu, els peus i les ferradures relliscaven...
A Jesús, ara, no li plaïa el silenci de la muntanya; s'adonava que abans li feia una certa companyia la remor grossa del vent.
La nevada es féu copiosa. En l'alta nit, la seua blancor miraculosa, sota un cel clos però lleument translúcid, impedia una fosca total, i Jesús, amb els ulls acostumats, guaitava de totes bandes, entreveia les desigualtats dels pujols que voltaven el camí, la boca negra dels barrancs pregons, i, de tant en tant, en una lleu aclarida del celatge i la borrasca, albirava els pins grossos, dalt dels tarussos, endoblegant les ramulles sota el pes creixent de la neu que se'ls apegava.
Allò el va animar uns minuts: s'hi veia!
—Arri, arri!
Tanmateix, en la proximitat del port, la nuvolada s'espessia damunt els seus caps i augmentava la foscor una altra vegada.
—Ara ja no veig res, res! —es va dir una mica acovardit ¿Com podia ser, ell tan agosarat, de tanta espenta per a tot en la vida? ¿No pensava que s'estava fent ric, hora rere hora, dia rere dia, i que allò no era més que un entrebanc de tants entre ell i la fortuna?
Es va posar a riure, "Així, patint, és com es fan els diners", pensava, "i després ve el descans i la llibertat".
La manta enrotllada que duia, començava a pesar molt de la neu incrustada, Ell i la mula, tots blancs, semblaven ja dues figures d'apareguts en aquella hora propícia de la mitjanit Va pujar una altra volta en el carro, i, una vegada dins, subjectà la lona del darrere i, al davant, va deixar caure el morrió, i es va asseure i es trobava millor que no abans. Tornà a animar-se. Qui havia dit que caminant quan fa fred?..
Neu, neu, neu. Fora d'aquell petit recinte entendat, el temporal seguia desfermant-se, però sempre en un relatiu silenci. Jesús es deia que les nevades grosses solien presentar-se així.
No caminar, al final li féu sentir més la gelor, que allí, en la banqueta travessera, semblava gel pur que li clavava els fiblons per l'esquena i pel pit El seu cervell s'ofuscava; vagament sentia recança per la seua obstinació a continuar el viatge; li dolia, en el fons obscur de l'ànima. Ara, però, no hi havia remei.
Pensava confusament en la foguerada de la llar vora la qual Jordi, a hores d'ara, devia estar ben calent i segur fent la vetlada nadalenca... Ell, el vell Jordi, era qui en tenia la culpa, de tot! No hagués contradit!... Jordi havia despertat el seu desbocat amor propi, i aquest amor el feia encarar-se, a ell, a Jesús, amb la crueltat perillosa d'aquella nit.
El ventijol tornava a moure, i aquell carro endiastrat era un garbell: tot ple de forats. El buf es colava per darrere, pels costats de la lona mal enganxada, entre la barana de l'escala i l'envelat, per davall del morrió, que ja no podia abaixar-se més. Jesús acotava el cap i mirava al davant, les regnes en la mà; volia foradar amb l'esguard el tapió atapeït de la nevada; intentava de conèixer un tarús, un cantal, una soca de pi d'aquell camí que havia fet tantes vegades amb millor oratge.., quelcom que li fos familiar i li fes saber on es trobava ja. Però no reconeixia res, ni quasi s'hi veia. Calculava que marxava per les darreres revoltes; d'allí a poc, el terreny planejaria, i aquell gaudiós planeig seria, per fi, el port. Li devia quedar, a tot posar, una mitja hora de patir; posem-ne una hora! No era res. I allà dalt, a mà dreta, ben prop del camí, hi havia la casa del port esperant-lo. Li obririen! S'hi quedaria; renunciaria a davallar fins a Alcoleja!
Vejam! Ara escampiava un poc, la tempesta. Les volves es feien més clares, certament, per bé que encara nevava bastant.
 —Però no pots refiar-te! —deia entre dents.
Pegà un parell d'estirades a les regnes.
—Avant, avant!
L'escometé un optimisme exagerat; es va posar a riure una altra vegada, tal volta sentint secretament la necessitat de poblar aquella solitud lletja de dins el carro amb la seua pròpia veu.
—Amunt, amunt! No tardarem a arribar.
Sí senyor: faria nit a Alcoleja. Sí, tal com havia dit aquell gallina de Jordi! No hi renunciava, no! I és que no es podia amb els vells ni amb homes que no tenen pit. Nit de Nadal! I què? Així es feien els diners: patint i treballant, i per això hi ha uns homes que manen per damunt dels altres.
Es va trobar esgotat Sentia una son estranya. ¿Li la feia la fressa monòtona de les rodes, tan apagada pel cotó-en-pèl de la neu? S'adonà també que obrir els ulls li costava un bon esforç. L'atemoritzà un pensament: si s'adormia, es quedaria gelat! Llavors la mula podia esgarriar-se i fer-los caure en la mort freda i ignorada d'un abisme.
Va procurar dessonillar-se. Baixaria del carro; aniria a peu!
—No tinc més remei, no tinc més remei —repetia de baix en baix—. Ací fa més fred que no fora.
Ben enrotllat en la gruixuda manta de caminant, se'n féu millor feta la caputxa i es deslligà el cordell de davall la barba per tornar-se'l a lligar més ferm. Va temptar per allà dins per la fosca del carro i hi va trobar uns trossos de sac. Assegut en la banqueta, s'hi va folrar conscienciosament les cames, dels peus en amunt, lligant-los per damunt dels camals de pana dels pantalons.
Ja anava ben calçat! (I duia les minses espardenyes de pobre ben passades.) Caminaria, s'hi calfaria. I, unes poques passes endavant ell trobaria que sí que planejava la maleïda carretereua, aquell endimoniat camí que s'amagava davall la flassada tova de la neu i que no li donava la gana de planejar. I de seguida notaria que arribaven al capdamunt, al beneït capdamunt!, i que, a mà dreta, sí, a la dreta, n'estava cert, el mas del Port els obriria la porta.
—Un portal enllumenat com el de Betlem —va dir com entre somnis abans de decidir-se a baixar.
Què s'esdevenia ara? El carro envelat s'havia aturat bruscament, i Jesús saltà tot encondolit a la carretereta, i tot dos peus se li van estacar sencers fins el coll de la cama dins la neu. Quanta que n'hi havia ja!
El moviment el va reviscolar.
—Anem, muleta, anem! —va dir amb una certa paciència, tan inusitada en ell.
Però com que no havia desemparat la tralla, la va brandar lleugerament i la féu esclafir, una volta encara, damunt les anques de la bèstia.
El càstig, però, va ser sord i sense efecte.
—Arri, avant!
Les rodes del carro continuaven estacades, falcades. Ell mateix feia un bon esforç per desestacar els peus, cada passa que pegava. Avant! Calia seguir avant! Estirà de la regna amb violència.
Toca! Ara nevava més! I el que era pitjor: tornava a moure el ventet, que raïa, que el traspassava talment com si no portàs cap roba damunt. Les volves ja no queien mansament, sinó que corrien horitzontals i se li n'entraven per la boca, pels ulls, li tallaven l'alè, l'encegaven. L'animal s'esforçava a fer sortir el carro de l'estacador. Jesús, tan feble com es sentia, volgué ajudar i s'agafà debades a la roda. El pantaix de l'extrem els ofegava, home i bèstia, i el vehicle, feixuc de caixes i caixes de xocolat, no feia el més lleu moviment. Es devia haver ancorat en un toll de gel, com atrapat en un cep. Mentre que Jesús maldava, potser es posà mig pam de neu damunt de la que hi havia; allò es veu que era un punt on es formava ventisquer.
Aquella neu del dimoni! No parava de caure'n! Els colgaria! Ho colgaria tot!
Deixà el carro i va anar a poc a poc a la vora, al recés del vent, a la cuneta, i allà feia tarús i s'hi podia aixoplujar davall les branques espesses d'un pinatell. Es va torcar la cara —el rodalet destapat—, es fregà els ulls, es llevà un poc la neu que se li apegava per les celles, les pestanyes, el nas.
El vent venia a ratxes, amb intermitències, alenava de tard en tard com un monstre immens. I fou en una d'aquelles intermitències, en un dels silencis que s'esdevenien, que va sentir una veu llunyana que clamava dins les profunditats invisibles dels barrancs:
-Jesús, Jeeesúuus!
¿Com es podia sentir, de tan lluny, amb les seues orelles tapades per la manta lligada?
Una suor freda li va humedir el cos. Tenia por, por d'infant, una cosa que havia oblidat feia molt de temps.
Provà de destapar-se una mica l'orella. Però ja no sentí cap cosa: cap altra veu, cap altre crit misteriós. Un minut... dos, cinc potser. Res. Només el buf glacial que feia sonar de tard en tard la ramulla dels pins damunt la seua testa.
 ***
Jesús comprenia que no es trobava en el món de tots els homes. Allò no era el món aquell que havia deixat arrere unes hores de camí; ell vivia ara dins una forta tempesta, en un terreny que se li havia tornat fosc i desconegut. Aquella veu que havia sentit, que l'havia cridat... tal volta fos mentida, una mentida del vent i dels tornaveus de les muntanyes, un somni. ¿Qui l'havia de cridar, a ell, que era home que tenia pocs amics, que quasi sempre estava sol?
Jesús no havia travessat mai la muntanya en un oratge com aquell; ell sabia que es trobava alt, molt alt, però no tenia la mida d'aquella respectable altitud; ell sabia que feia fred, un fred cruel, però no tenia llums ni sabers per a conèixer que el d'aquella nit s'amidava en molts graus sota zero. Només pensava foscament que tal volta es podia morir dins aquella gelor irresistible, com havia sentit a dir de tempestes antigues i de caminants desconeguts. I si es moria, era una gran llàstima, perquè fóra vora el port de la seua salvació, prop de la casa, que ara potser obria ja la seua porta meravellosa...
Recolzat en el tarús, davall del pinatell que l'arredossava, va guaitar cap al carro. L'entreveia al davant seu, dèbilment enllumenat pel fanalet, i també veia la mula, com una ombra desdibuixada rere els rosaris de les volves... O creia veure'ls. De tota manera, se li apareixien en una positura estranya, estrafolària. I el cor li va fer grans batecs.
Ell estava bé allí; no li pegava la neu en les galtes; dins les butxaques no se li calfaven les mans enfredorides, però no se li gelaven del tot... Tanmateix, calia que anàs al carro a veure què era allò rar que hi notava.
Va fer una passa avant i va caure agenollat. Els membres se li enravenaven com en una sobtada paràlisi. Es va arrossegar lentament, amb molt d'esforç i amb una gran paciència. Li feia molt de mal tot el cos. Potser gelades tisoretes de pinassa se li havien clavat misteriosament a través de la roba. Tot podia ser en aquella nit lletja, fins les coses més destrellatades. "Jesús, tu tan valent... Jesús, tu tan forçut...", es deia sense paraules. Ara arribaria i pujaria en el carro, que potser sí que era més calent que la intempèrie i que encara tenia el fanal encès... un fanalet roig amb un ciri cremant, un ciri que s'acabava també com la seua força.
 Quant de temps trigà a travessar aquelles poques passes sobre la neu i el gel? Així, de genollons, hi va poder arribar, i va esbarrallar els ulls, que li pesaven arroves, i va mirar-ho tot bé. El carro havia tombat cap avant, i la mula, de genollons com ell, quieta, roscada, estava adormida damunt la catifa freda. No li calia, a ell, de fer-li res ja: l'animal no patia, estava quiet, dormint divinament amb la suor glaçada. Volgué cerciorar-se'n, però, i es va arrossegar fins a tocar el morro mig colgat. Ja no alenava... Millor; així no tindria el patiment del pantaix. No la veia bé, perquè el fanalet quasi no feia llum, una llum rogenca, de morts, i perquè hi havia massa volves i polsina de neu. Ah, aquesta pobra mula mal menjada!...
Ell es trobà bé sobtadament. Ja no el fiblaven aquelles agulles del fred. Pensava de pujar en el carro, si podia, a poc a poc; però per a què? Dalt tot fóra el mateix.
—Quina son! —va badallar tot musti i resignat, sense cap inflexió d'ira en la veu rogallosa, ell abans sempre tan vehement i iracund. I es va deixar caure suaument, amorosament, vora el cap de la seua mula, d'aquell ésser que havia sofert sense tornar-se, durant anys, totes les seues ires. I així es quedà, abraçat al coll encara tebi.
I s'adormia... ben adormit, sense cap angoixa ni dolor. Veges quin goig! Ja podia nevar, ja!
I sí que continuava la nevada, que els va colgar en poc temps, com si volgués abrigallar-los.
 ***
 L'esperit de Jesús s'havia refugiat en un racó petitíssim i calent del seu cos, allà endins, en aquell laberint fosc on habita allò que som, allò misteriós que en ell era ja a la porta del que no som.
Però ara venien a destorbar-lo. Per què cantaven a la seua vora molts, molta gent, i no el deixaven gaudir d'aquella dolça son? Encenien llum en el Portal! Venien a veure'l! Que bé! Ara sabrien que, malgrat la seua corpenta i el seu coratge, ell era molt petit i dormia. Quant de temps que no s'havia lliurat a manifestar-se com allò que era de veres, com un infant! És clar... ell era Jesús... i dormia plàcidament... i, a més, naixia en aquesta mateixa nit, com deia aquell d'allà avall. Veia una llum clara i una cara blanquinosa d'home vell i cansat de les maldats del món. Ell, Jesús, li tocava la barba, llarga i blanca com la d'un patriarca; i una dona jove i bella el mirava de molt prop, tota compassiva i maternal.
—Jesús, Jesús —li deien en veu baixa.
No va saber res més. 
* * *
 L'endemà, no; va ser l'endemà no l'altre: el segon dia de Nadal. Ell retornava, parlava a tots: a Jordi, a l'amo del mas del Port, a uns carreters de mitjana edat, colrats i vermells, que voltaven el llit.
-Com ha estat açò?
—Ens has donat molt de treball, Jesús —li deia Jordi—. Quan va començar a nevar, vaig dir a l'hostaler que ens calia anar per tu. Jo m'havia alçat de tant en tant del racó del foc i guaitava l'oratge per la finestra. I vam eixir a trobar-te.
—Però de tan lluny!
—Sí, i vam patir de deveres! Però érem cinc, i ens emparàvem els uns als altres. Que amunt que et vam trobar! Eres ja vora aquesta Casa del Port.
—Però... escolte -feia Jesús tot esbalaït. I la seua cara es transfigurà per un pensament esborronador—. Ací són tots? I el qui tenia la barba tan llarga i tan blanca?... Jo estava enmig de la neu una bona estona... i el de la barba blanca em va socórrer primer que ningú. I la seua dona, tan jove, tan bonica, ¿com hi havia vingut també en aquella crua nit?
Es miraren els uns als altres, i entre ells va córrer una pregona esgarrifança de superstició.
—No hi havia cap dona... ni cap home de barba blanca!..
Com no fos que... —va retrucar Jordi tot esborronat de temor.
Es va fer un silenci.
—Jo, el que sé de cert —conclogué Jesús eixint-li una llàgrima viva— és que sí que he nascut la Nit de Nadal.
València, 1962.

 Narracions perennes. Tàndem Edicions.