dissabte, 21 de novembre de 2009

DADES SOBRE LA NOVEL.LA NEGRA. Edward Bunker, esa luminosa negrura

El autor de No hay bestia tan feroz es un potente narrador de enigmas y un singular retratista del mal. Su fascinante novela -que se asemeja a las confesiones de James Ellroy y Jean Genet- permite masticar su violencia, entender su soledad y compadecer su vértigo.

CARLOS BOYERO 21/11/2009 El País

Quiero pensar que la novela negra nunca ha dejado de estar de moda, que la inquebrantable afición de Juan Carlos Onetti a leer exclusivamente desde el acogedor territorio de su cama novelas protagonizadas por maderos y hampones la comparte mucha gente y constituye una buena forma de distraer o endulzar la existencia, que la capacidad de enganche de un género cuyas señas de identidad son el misterio, la acción, la violencia, el riesgo, y la ambigüedad moral permanece en cualquier generación y en todas las épocas, que las esencias de la negritud nunca se prestarán al esnobismo, a los que se toman como una obligación cultural o social leer en cada momento lo que conviene leer.
Es probable que el comprensiblemente adictivo fenómeno que ha supuesto el Millennium de Stieg Larsson, ese escritor tan listo y productivo que nunca pudo disfrutar de la gloria y el dinero que generaría su invento, haya animado la fenicia resurrección en las editoriales de cualquier novela con esforzada etiqueta de negritud y la oportunista reedición de los clásicos, pero a los drogotas de este género nos da igual que las razones de esta sobredosis obedezcan más al negocio que al amor. Lo único que nos importa es que haya mucho material para elegir. Puede resultar abusivo que debido a la hipnosis masiva que ha provocado la inquietante y solitaria Lisbeth Salander o el afecto que genera el muy racional, honrado, melancólico y profesional policía Kurt Wallander, y la brumosa o helada geografía que les ha parido, las librerías se sobrecarguen con todo tipo de detectives y psicópatas nórdicos, inevitablemente avalados por algún deslumbrado comentario sobre su obra de Larsson o de Mankell, pero en mi caso no tengo el menor sentido de culpa en abandonar a las cincuenta páginas una novela si ésta me aburre, la recomiende dios o el diablo. Pero es seguro que en medio de tanto énfasis promocionando mediocridades con aroma escandinavo aparezca un creador al que merezca seguirle la pista, un potente narrador de enigmas, un singular retratista del mal.

Cada habitante de esta tribu irrenunciablemente abducida por el género negro tiene filias y fobias. En mi caso, he intentado en vano que se me contagiara la pasión hacia Sue Grafton y Donna Leon. Estuve a punto de tirar la toalla ante un par de tan originales como decepcionantes novelas de Fred Vargas, pero finalmente me enamoré de su retorcido y tenebroso mundo cuando leí la magistral La tercera virgen. Le tengo simpatía al resistente Harry Bosch, pero nunca me ha deslumbrado la prosa de su creador, el mayoritariamente venerado Michael Connelly. Y aunque suene a blasfemia, llevo media vida intentando averiguar con nulo éxito dónde radica el encanto de Elmore Leonard, escritor tan reverenciado por sus colegas literarios como por los directores más prestigiosos del cine norteamericano. Admito que dialoga con un estilo ingenioso y peculiar, que maneja con estilo la ironía, que su expresividad roza lo conceptual, que abomina del sentimentalismo y de los tópicos, que tiene una mordaz y notable personalidad. Pero sus tramas y sus personajes siempre me dejan molesto regusto a parodia y esperpento, me cuesta seguirle, jamás me ha transmitido algo parecido a la emoción, a sentir el menor interés por la suerte de sus generalizados villanos, ejerzan de defensores o de transgresores de la ley. Pero sigo picando el cebo con cada nueva entrega, aunque siempre desfallezca ante ella, no la termine o la olvide rápidamente. Me ha vuelto a ocurrir con El día de Hitler, con los pintorescos nazis camuflados en Estados Unidos y con sus perseverantes cazadores.

Reservo todo mi amor para la impresionante escritura de John Connolly, aunque desde El camino blanco esté en baja forma, y para el genial James Ellroy, temible cronista del lado permanentemente oscuro de América, de un universo en el que todos son tan malos como hipnóticos. Ellroy también nos habló con lenguaje eléctrico de su obsesivo pasado y de sus infinitas llagas en la desgarrada autobiografía Mis rincones oscuros. Asocio inevitablemente esa confesión y también la de Jean Genet en Diario del ladrón cuando finalizo en dos tiradas, como sólo se leen los libros que te subyugan, la fascinante novela de Edward Bunker No hay bestia tan feroz. No hace falta ver el granítico careto del autor y saber que pasó la mitad de su existencia entre rejas por todo tipo de delitos para intuir que no está construyendo una ficción, que está hablando en primera persona a través de Max Dembo, ese profesional del atraco que al salir en libertad condicional de la cárcel sabe que no puede cambiarse a sí mismo, que a lo único que puede aspirar es a la acorralada supervivencia, que sus irrenunciables señas de identidad son la guerra contra el orden. Masticas su violencia, entiendes su soledad, compadeces su vértigo. Tampoco aquí hay nadie bueno. Todo huele a lacerante verdad. Todo da miedo. Lo único que no comprendes es que hayan tardado 36 años en publicar aquí esta novela escrita en carne viva.

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